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Una mirada pastoral ante el Duelo Perinatal

hace 5 horas
7 min de lectura

En mi trabajo como capellán de hospicio, acompaño a personas y familias que enfrentan la enfermedad, la muerte y el duelo. Sin embargo, hay experiencias que me recuerdan que la familiaridad con estos escenarios no elimina nuestra propia vulnerabilidad. Una de ellas fue acompañar a unos amigos, hermanos en la fe, que habían perdido a su bebé antes de nacer. En aquel encuentro, mi vocación y mi afecto por ellos se encontraron frente a un dolor para el que tampoco yo tenía todas las palabras.


Habitualmente trabajo en el cuarto piso del hospital San Lucas en Ponce, PR en el área de hospicio específicamente. Un piso más abajo se encuentra el área de maternidad. 


Recuerdo conocer el caso de mis amigos y decido bajar al tercer piso donde se encontraban. Nuestra amiga debía atravesar un proceso de inducción del parto para dar a luz a su bebé fallecido. El nacimiento, que habían esperado con ilusión, ahora estaba unido a una despedida que nunca imaginaron tener que vivir.


Todavía desconocían el sexo de su bebé. Precisamente ese fin de semana habían planificado una celebración para revelarlo, lo que comúnmente se conoce como un gender reveal (revelación de sexo en español). Apenas unos días antes de aquella actividad, se encontraban enfrentando la pérdida de su hijo. Conocerían si era niño o niña en medio del parto y del dolor. Aquello que esperaban descubrir en un ambiente de alegría llegaría en circunstancias profundamente distintas.


Aunque mi labor me ha acercado a diferentes experiencias de duelo, acompañar una pérdida perinatal tuvo para mí una dificultad particular. Además, eran mis amigos. Yo también sentía tristeza, y necesitaba reconocerla para estar presente con sensibilidad. Entendí que no tenía que llenar aquel espacio con explicaciones. Mi responsabilidad era escuchar, acompañar (pastoral) y cuidar la manera en que me acercaba a su sufrimiento.


En el acompañamiento, el duelo perinatal se refiere al dolor relacionado con la pérdida de un bebé durante el embarazo, alrededor del nacimiento o en sus primeros días de vida; las delimitaciones clínicas pueden variar. Anette Kersting y Birgit Wagner (2012), investigadoras que han estudiado este tema, describen la pérdida gestacional y neonatal como una experiencia que puede tener un profundo impacto psicológico. También identifican la falta de apoyo social como un factor asociado a mayores dificultades en el duelo. Su trabajo nos recuerda que estas familias necesitan reconocimiento y acompañamiento, aunque hayan compartido poco tiempo de vida con su bebé.


Desde mi experiencia pastoral, comprendí que allí también estaban heridos los sueños que habían construido: el encuentro esperado, la vida familiar que imaginaban y tantas posibilidades que ya tenían un lugar en su corazón. La duración del embarazo no me daba una medida del amor que habían desarrollado ni del dolor que ahora atravesaban.


Uno de los aspectos que procuré cuidar fue afirmarlos como padres. La muerte de su bebé no borraba el vínculo que ya existía. Para ellos, esa criatura había sido esperada y amada.

Hablar de su bebé con dignidad, reconocer su identidad y dar espacio a la posibilidad de nombrarlo formó parte de ese acompañamiento. Siempre considero que estas decisiones deben respetar los deseos y el ritmo de cada familia.


Sands, organización especializada en apoyar a familias tras la pérdida de un bebé, recomienda reconocer al bebé y utilizar su nombre cuando los padres lo han elegido y desean compartirlo.


También invita a escuchar lo que la familia quiera contar sobre él. Desde mi práctica como capellán, veo en ese reconocimiento una manera de comunicarles que su hijo tiene un lugar en su historia y que su dolor merece ser escuchado.


Lo que pude ofrecerles fue mi presencia: escucharlos, orar por ellos y mantenerme pendiente. En momentos así, el acompañamiento puede parecer sencillo, pero exige disposición para permanecer cuando las palabras no alcanzan. Romanos 12:15 expresa: Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran (Reina-Valera 1960). Aquel día, llorar con ellos (que no necesariamente es llorar de manera literal  sino más bien acompañarles con una mirada compasiva y empatía) y respetar su silencio también formaba parte de mi ministerio.


Tiempo después viví otra experiencia relacionada con este mismo dolor. Un pastor de Estados Unidos se comunicó conmigo para invitarme a ministrar durante un fin de semana de Bible Fest en una comunidad de fe de Lake Nona, Orlando. Mientras confirmábamos los detalles de mi viaje, él estaba acompañando a unos feligreses que también habían perdido a su bebé.


Más adelante me compartió lo difícil que había sido para él enfrentar aquella situación, pues nunca había acompañado una experiencia de ese tipo. Al conocer mi trabajo como capellán y mi cercanía con los procesos de muerte y duelo, agradeció que pudiera estar disponible para escuchar a esa familia. Durante las conferencias del sábado tuve la oportunidad de reunirme con la joven pareja.


En ese encuentro procuré darles espacio para hablar. Escuché lo que quisieron compartir y conversamos sobre algunas situaciones que podrían enfrentar en su entorno. A veces, personas con buenas intenciones dicen:

"Todavía son jóvenes" o "Pueden tener otro bebé". Sin proponérselo, esas expresiones pueden hacer que los padres sientan que se está restando importancia a la vida de su hijo y a su pérdida.


Sands advierte que intentar consolar destacando lo que los padres todavía tienen, o sus posibilidades de otro embarazo, puede minimizar su sufrimiento. Otro hijo, si algún día llega, tendrá su propia identidad; no será un reemplazo del bebé que murió. Por eso, en nuestra conversación procuré afirmar que no tenían que apresurarse a sentirse mejor para tranquilizar a quienes los rodeaban.


Oré por ellos y con ellos. Lo hice cuidando que la oración no se convirtiera en una explicación de la muerte de su bebé ni en una exigencia de aceptación inmediata. Como capellán, considero necesario tratar con delicadeza las preguntas que una pérdida puede despertar acerca de Dios. No me corresponde atribuirle motivos que desconozco ni presentar el dolor como una prueba de poca fe.


La Escritura también nos muestra a Jesús llorando frente a la muerte de alguien amado: "Jesús lloró" (Juan 11:35 RV60). El contexto es la muerte de Lázaro y el sufrimiento de quienes lo querían. Ese pasaje me recuerda que la compasión tiene espacio para las lágrimas. Al acompañar a unos padres en duelo, puedo compartir la esperanza en Cristo y, al mismo tiempo, respetar su dolor, sus preguntas y su silencio.


Una parte importante de nuestra conversación fue pensar en el lugar que la iglesia podía ocupar en ese momento de sus vidas. Me interesaba escuchar cómo estaban viviendo su relación con la comunidad de fe y cómo esta podía acompañarlos. Deseaba que encontraran allí una familia ante la cual pudieran expresar sus sentimientos sin sentirse juzgados. De igual manera, ver si la iglesia se tornó el lugar donde pueden enmascarar el duelo o ser parte de su red de apoyo. Ambos expresaron su sentir en el cual concluimos que la iglesia es su familia y el lugar donde son consolados y cuidados tanto por el Señor, pastores y comunidad de fe.


La iglesia está llamada a ser un espacio donde el duelo pueda nombrarse. Una madre puede llorar; un padre puede expresar su dolor; ambos pueden tener preguntas que todavía no saben formular. La comunidad de fe puede recibirlos con paciencia, orar con sensibilidad y seguir cerca más allá de ese acercamiento inicial mediante esas primeras llamadas y visitas. 


Gálatas 6:2 dice: Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo (RV60). 


Aunque este pasaje no se desliga del verso uno donde Pablo viene hablando de una persona que ha sido sorprendido en alguna falta, presenta esta imagen como alguien que está hundido en una carga. 


El comentarista bíblico David Guzik, en su comentario de Enduring Word sobre Gálatas 6:2, señala: Este es un mandato sencillo de obedecer. Busquen un hermano o una hermana con una carga y ayúdenlos con ella. No es complicado y no se necesita un gran programa o infraestructura para hacerlo. Solo busquen una carga que soportar y sobrellévenla.


“Fíjense en la suposición que subyace a este mandato, a saber, que todos tenemos cargas y que Dios no quiere que las llevemos solos”.(Stott)


Y aunque esta carga por el dolor de la pérdida no habla de pecado ni nada por el estilo, en el cual lo puedo estar usando fuera de contexto del pasaje… mi intención es utilizar el principio que se enseña, de lo importante de acompañar a otros en sus cargas y sobrellevándolas las cargas de otros. Para mí, acompañar esta pérdida es una manera concreta de vivir esa exhortación. 


Ese cuidado también puede expresarse mediante ayuda cotidiana: llevar una comida, colaborar con alguna tarea o preguntar, con respeto, cómo se encuentran. Sands recomienda ofrecer ayuda específica y mantener el contacto a lo largo del tiempo. La comunidad de fe puede formar parte de esa red de apoyo y, cuando sea necesario, facilitar el acceso a profesionales de salud mental con experiencia en duelo perinatal. El cuidado espiritual y la atención profesional pueden complementarse.


Estas experiencias me han enseñado a acercarme con humildad y compasión. El conocimiento ayuda a orientar el acompañamiento, pero cada encuentro requiere escuchar a personas concretas, con una historia, una fe y una manera propia de vivir la pérdida. Tampoco puedo suponer que ambos miembros de una pareja expresarán su dolor de la misma forma.


Como capellán, sigo aprendiendo que hay momentos en los que estar presente es lo más valioso que puedo ofrecer a travez de la escucha activa y ministerio de presencia. No puedo cambiar lo que aquellas familias habían vivido, pero pude escucharlas, reconocer a sus bebés y acompañarlas en su dolor. Mi oración es que nuestras iglesias y espacios de cuidado aprendan a hacer lo mismo: abrir lugar a las lágrimas, sostener con caridad y recordar que una vida profundamente amada merece ser reconocida, aunque haya sido efímera. 


Bibliografía: 

Kersting, A., & Wagner, B. (2012). Complicated grief after perinatal loss. Dialogues in Clinical

Neuroscience, 14(2), 187 - 194. Consultar artículo.


Sands. (s. f.). Supporting someone whose baby has died. Consultar recurso.


Reina Valera 1960. Romanos 12:15; Juan 11:35;

Galatas 6:2.


Guzik, D. (s. f.). Gálatas 6 (comentario sobre Gálatas 6:2). Enduring Word. 

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