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El silencio de la Iglesia contra el pecado



En el 2025 el Centro de Investigación Cultural de la Universidad Cristiana de Arizona publicó la octava entrega de su "American Worldview Inventory" (Inventario de la cosmovisión estadounidense), en el que presentan datos basados de las respuestas recopiladas de 2,000 adultos de los Estados Unidos encuestados en Mayo de ese año. Según el reporte el 84% de los adultos creen que existe algo llamado “pecado”, pero considero preocupante el hecho de que incluso entre quienes creen que el pecado es real, cuatro de cada diez no piensan que todas las personas sean pecadoras.


En el contexto cultural actual, hablar del pecado se ha vuelto cada vez menos común, tanto en la sociedad como en muchos púlpitos. La predicación debería ocupar un lugar central en la vida de la Iglesia, pero no se trata solo de comunicar palabras de aliento o inspiradoras, sino de anunciar fielmente todo el mensaje de las Sagradas Escrituras. Si somos fieles a ese mensaje, la realidad del pecado tiene un papel fundamental. La Biblia enseña claramente que todos los seres humanos han pecado y están separados de Dios, y que solo mediante la obra redentora de Cristo es posible nuestra reconciliación.


Romanos 3:23 por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios,


Francisco Lacueva en el diccionario teológico hace una declaración definitoria: “Lo cierto es que, por la caída, el ser humano nace esclavo del pecado. Hasta qué punto llega esa “esclavitud” es cosa que se discute entre los teólogos.” Es decir, hasta qué punto nos ha afectado el pecado podemos discutirlo, pero su existencia no está en discusión.



Jesús contra el pecado

Jesús comenzó su ministerio predicando sobre arrepentimiento (Mateo 4:17). Sus sermones continuamente confrontaban el pecado del corazón, no solo las conductas externas. Lejos de suavizar el mensaje y hablar solo de amor y victoria, Jesús habló con claridad sobre la necesidad de conversión y la urgencia de una vida transformada.


De la misma manera, los apóstoles predicaron sin titubear sobre la condición pecaminosa de la humanidad. El apóstol Pablo dedica varios capítulos de Romanos a explicar la universalidad del pecado antes de hablar de la gracia del evangelio. Para los apóstoles, reconocer el pecado no era opcional, sino el punto de partida para comprender la salvación en Cristo.


No se puede comprender nuestra necesidad de salvación sin antes entender nuestra condición de perdidos. No es un discurso punitivo, lejos de eso, es un mensaje de esperanza que nos muestra el camino a la redención en Cristo.



Posmodernidad y pecado

El contexto posmoderno se caracteriza por el rechazo de las verdades absolutas y por una fuerte desconfianza hacia cualquier afirmación moral objetiva. Hoy, el pecado ya no se entiende como una ofensa real contra un Dios santo, sino como una categoría subjetiva, relativo a la opinión personal o de la cultura.


Como resultado, muchas Iglesias han optado por evitar hablar del pecado para no incomodar a sus oyentes. Se habla más de bienestar emocional, propósito personal o superación, pero menos de arrepentimiento y santidad. Cuando la Iglesia deja de predicar contra el pecado, se producen varias consecuencias graves:


Se pierde la conciencia de la necesidad de salvación: Si el pecado no es un problema serio, la cruz pierde su significado.


Se debilita la autoridad de la Escritura: Intencionalmente se ignora que la Biblia habla con claridad sobre la santidad de Dios y la responsabilidad humana.


La vida cristiana se vuelve superficial: Al centrarnos más en el bienestar personal que en la santificación, ponemos las añadiduras antes que al reino. Lo cierto es que, solo cuando se entiende la gravedad del pecado se puede apreciar plenamente la grandeza de la gracia.


Predicar contra el pecado no significa caer en un moralismo con un tono condenatorio como fariseos posmodernos. Significa ser fiel al mensaje bíblico en su totalidad, entendiendo que tanto es pecado predicar algo que no está en la Biblia, como no predicar su verdad en su totalidad. En una cultura que evita hablar de pecado, la Iglesia está llamada a mantener una voz clara y compasiva, pero también firme.



Bibliografía

° Lacueva, Francisco. Diccionario Teológico Ilustrado. Clie, 2001. p.471

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